sábado, 30 de junio de 2018

ELUCUBRACIONES ANTES DE LA ELECCIÓN



Confundir, estigmatizar, dogmatizar, banalizar. Son los mecanismos preferidos por los demagogos de todos los signos, y de todos los tiempos, para manipular la percepción de la realidad de acuerdo con su conveniencia. La premisa de la sabiduría de las mayorías o la infalibilidad del “pueblo” son sofismas engañabobos argüidos y recicladas a su vez por bobos egomaniacos y sociópatas.
La adhesión acrítica a grupos, personajes o ideas es la muleta habitual de las víctimas propiciatorias de sus propias desgracias, causadas por abusadores creados a la medida de sus infortunios. Se requiere un esfuerzo de honestidad y valor para comprender y aceptar la realidad con todo y sus matices. Hagámoslo.

Es común que las mayorías se equivoquen, y que las minorías, incluso las de uno, sean las que tengan la razón. Los consensos mayoritarios deben respetarse, pero no deben ser causa de supresión o estigmatización de los disidentes.

Paz sostenía que un mejor futuro para México pasaba por la necesidad de democratizar el país. Él sigue aun siendo vilipendiado por muchos de nuestros ocurrentes intelectuales y deshonrado por sus herederos liberales perdidos en las mieles y en las hieles de la posmodernidad. En un momento su efigie fue quemada junto al Ángel de la Independencia. No obstante, Paz tenía razón: la democracia es el camino a nuestra prosperidad.

Infancia es destino, pero relativo. 

Una vez que dejamos de ser menores tenemos la oportunidad de dejar de actuar como tales, pero si continuamos reditando la interpretación del mundo a los ojos fantasiosos de un niño difícilmente pudiéramos actuar consecuentemente como adultos y hacernos cargo de lo que nos corresponde.

La significación de lo mexicano está siempre en construcción, y lo que nos empeñemos como colectividad hoy en día profetizará con precisión nuestro destino. No estamos condenados por nuestra idiosincrasia, de nuestra herencia cultural somos libres para extraer sus fortalezas y desechar de ésta lo perniciosa.

Todo pueblo tiene un pasado remoto y reciente que precondiciona su existencia, pero el desafío de un presente dinámico y novedoso puede ser encarado y resuelto satisfactoriamente a través de la transformación creativa. No estamos obligados a repetir compulsivamente nuestros errores y a pervivir nuestras carencias.

La democracia como la vida misma es imperfecta y frustrante. Y el pensamiento mágico no basta para obtener lo que deseamos o esperamos merecer. Y tampoco debe confundirse con la providencia, la justicia divina o la diosa fortuna, no provee per se bienestar a los individuos o a las naciones. La prosperidad es de las sociedades que la trabajan. No es a golpe de deseos, ocurrencias y aventuras que transformaremos nuestra vida política. No basta el sentirse hartos, el creer que ya es justo, el estar indignados para que las cosas cambien. La democracia real, no la imaginaria, dará sólo los frutos que hayamos sido capaces de cosechar y de sembrar, no dará más, pero no menos. Votar es solo una parte del proceso democrático, pero es uno fundamental, si sembramos eligiendo a un autócrata no esperemos cosechar peras democráticas.  

Cuando invocamos a la democracia lo hacemos generalmente para referirnos a nuestras exigencias. Pero ésta también se compone de obligaciones en las que está en primerísimo orden el respeto por el derecho de terceros y sus libertades. No hay planteamiento democrático que se desentienda de los derechos ajenos.

Reclamar lo que la democracia “no nos ha traído” y enojarnos con ella es la mimesis del niño que se enoja con Santa Claus. Y probablemente el niño pudiera ser más consecuente porque tal vez asentaba su fe en como se comportó en el año y no sólo por la esperanza que tenía en que le trajeran el regalo. Santa Claus son los papás, la democracia somos nosotros, no nos traerá nada por sí misma.

De la democracia sin adjetivos a la democracia sin demócratas. 

Se puede y se debe ser muy críticos con las administraciones de Vicente Fox, Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, lo que no se debe es confundirlos a ellos y a los errores que les correspondan, con la democracia misma. Por supuesto, para consolidar una democracia incipiente hay actores con más peso para hacer que esta se consolide (como los presidentes mencionados), y no debe pasar inadvertido que muchos de estos medraron de vapulearla o de extraer una renta mal habida a costa de la misma. Y entre ellos están los que despotrican o desprecian a la democracia y su significado. Cuando algún comentócrata equipara las últimas 3 administraciones de gobierno con la democracia, está siendo entre tonto, deshonesto, y abusivo con su audiencia.

Octavio Paz señalaba: “(a la) democracia en México(…) se le reduce a una serie de ideas y conceptos. No la democracia es también práctica. A su vez, las prácticas sociales, al arraigarse se convierten en hábitos y costumbres, en maneras de ser. Para que la democracia funcione realmente debe haber sido previamente asimilada e incorporada a nuestro ser más íntimo. La democracia debe transformarse en una vivencia. Esto es lo que, todavía, no sucede en México.” Y en 2018 sigue sin suceder.

La democracia no es “un privilegio de clase”, al contrario, es la que hace posible que esos privilegios de clase puedan ser retados. El noeoliberalismo no es la democracia. Aún habiendo casos en que regímenes totalitarios puedan conseguir logros económicos o incluso de ciertos benefactores sociales carecerán de lo fundamental: la valoración de la vida de las personas como algo supremo, así como su libertad. Cuando un gobierno en democracia falla a esto, es con relación a estos valores que se puede reclamar a quien detente el poder. Cuando no hay democracia, esos valores no importan, no valen, solo el poder mismo y sus propósitos impuestos como una especie de verdad.

Ante el probable advenimiento de una autocracia. En nuestra  clase intelectual hay quienes juegan con ligereza con la posibilidad de "ensayar algo distinto" a una democracia que no es más que unas ruinas a las que nos aferramos, otros, en vez de ejercer la crítica,  se ocupan en  bordar ya  con sus loas el vestido  del nuevo emperador: "el político más raro y más talentoso que ha conocido México en muchas décadas" "espléndido dirigente social". Algunas de sus alabanzas parecen propias de trances eróticos de alguna novela  de Irving Wallace:  " un liderazgo radicalmente distinto, al mismo tiempo indómito, profundo y desbocado".

Los que se han reconocido siempre como liberales no han atinado a hacer una defensa  pertinente ya sea para evitar ser vilipendiados, por un calculo por preservar sus intereses o privilegios  y/o por el temor de las probables represalias de lo que podría estar por venir. 

Ante los embates actuales, no hay un solo intelectual mexicano con los arrestos y el talento necesarios  que haya salido en defensa cabal de nuestra democracia. Como hace aproximadamente 30 años ha tenido que ser el mismo extranjero el que ha puesto los puntos sobre la ies  sobre nuestro acontecer político nacional: Vargas Llosa. Aquel mismo que precisó en aquel entonces lo que éramos: una dictadura perfecta. Ahora nos pide defender nuestra democracia imperfecta y nos previene de suicidarnos en las urnas. Nuestra democracia carece de intelectuales demócratas.

AMLO vs la democracia.    

La fundación del México independiente tiene poco más de 200 años (aunque corremos el riesgo de que los nuevos libros de texto digan que fue hace 10mil), para mayor precisión: tenemos en sí 208 años de ser México en sí, y apenas 18 de ser una democracia. Y para que ésta fuera posible nuestros ancestros empeñaron la vida y a otros se las quitaron. No debemos de olvidarlo.

En el 2000, tras 70 años logramos una transición pacífica, una hazaña ciudadana en la cual no hemos sabido reparar lo suficiente, en ese momento hubo actores políticos que entendieron el momento e hicieron lo propio, sin embargo, la disposición y la participación ciudadana hizo posible esa primera transmisión de poder de un grupo a otro sin haberse tenido que desatar una guerra civil. Literalmente millones de mexicanos se encargaron de la operación de las casillas, de cuidar y de contar votos; sólo eso lo hizo posible. De entonces a la fecha, es esa participación es la que mantiene viva nuestra democracia, aunque también desde de entonces  no ha dejado de sufrir embates de la clase política, de entre ella de AMLO destacadamente.   

La gesta de AMLO tiene que ver con devaluar la afirmación de la sociedad civil mexicana como democrática. Su figura no destaca en la creación de un instituto autónomo para sancionar las elecciones, al contrario, casi desde que éste se constituyó no ha dejado de arremeter contra el mismo. 

Su comportamiento en 2006 paradigmático, acusó de todo al IFE, reclamó un recuento que no estaba facultado en ley que hubiera trastocado todo el proceso, desconoció el resultado y posteriormente logró que se descabezara al instituto. Entre lo cual vale recordar su acusación pública sin fundamento a un ciudadano funcionario de casilla. Luego hizo todo cuanto le fue posible para devaluar la investidura presidencial. Estigmatizó a al proceso como ilegítimo.

La democracia no es culpable de la violencia y la inseguridad, y las tales no crecieron espontáneamente en el sexenio de Calderón. Se gestaron en la paz narca de la dictadura perfecta y nos explotaron en la cara en gran medida por el recambio de poderes locales que trastocaron los arreglos mafiosos. Lo cual se conjuntó con otros factores que serían motivo de un análisis particular distinto al presente. A Calderón se le acusó de “genocida” y se atribuyeron las muertes a su sexenio a él y a la culpa de la democracia. 

Los pasos de López

Cuando AMLO se queja de “guerra sucia” al ser atacado en campaña lo que hace es una falsificación histórica. La guerra sucia en México ocurrió entre los sesentas y ochentas e implicó muertes y desapariciones. A él todavía le tocó vivir esa parte de esa época cuando perteneció al PRI. Cuando el partidazo además de controlar a toda la prensa encarcelaba disidentes y se robaba una elección sí y otra también. Él nunca se inconformó por ello ni se solidarizó con aquellos que entonces luchaban por la democratización y el ensanchamiento de libertades en el país.

Entre otros tantos atropellos, en el “fraude patriótico” del 86 (operado por Bartlett) no dijo nada. Así como tampoco lo hizo en el fraude de 1988 (también operado por Bartlett) contra Cuauhtémoc Cárdenas y  Clouthier; consumado el mismo, no fue a la plancha del Zócalo ni mucho menos, tampoco alzó la voz, en vez de eso, utilizó los   meses posteriores al fraude para  gestionar el dedazo que lo designara como candidato por del PRI de Salinas para la gubernatura de Tabasco, mas no se la concedieron,  fue entonces que lo invitaron al FDN para ser candidato, y tras una declinación de su parte en una primera instancia, terminó por aceptar la nominación, que le fue otorgada por Cuauhtémoc Cárdenas dentro de la tradición priista continuada en el PRD, es decir: por dedazo.  

Tras perder la gubernatura contra Madrazo, con probable fraude, entonces sí, AMLO reclamó por primera vez un resultado electoral y comenzó su pantomima como demócrata, terminando  el conflicto pactando con Camacho. Lo que prosiguió en su carrera muestra al personaje de cuerpo entero: las elecciones internas por la presidencia del PRD. En aquellas tenía todas las posibilidades de ganar, AMLO era muy popular entre las bases y de haber habido elecciones limpias, lo más seguro es que le hubieran favorecido por amplio margen, no obstante, en complicidad con Cuauhtémoc Cárdenas, prefirió hacerle fraude nada menos que al mismísimo Heberto Castillo, que explicaba aquello no como una treta, por demás innecesaria, para ganarle, sino como una manifestación del afán patrimonialista, “ el vicio del protagonismo, del caudillismo,  de quienes quieren dejar bien sentado que son los dueños únicos e indiscutibles de la parcela.”

Cándidamente, Heberto Castillo estuvo abierto a limpiar el proceso, no obstante, de saber que no implicaría que pudiera ganar, su anhelo era democratizar al partido, proponía una revisión para anular votos obtenidos de forma antidemocrática y una revisión del padrón. Llegó para ello a un acuerdo con AMLO, la intención de Heberto era que el PRD pudiera encontrar así el “camino de la democracia y de la vinculación real con la sociedad, con los ciudadanos, para que éstos se afilien libremente, sin manipulaciones ni imposiciones”. Sobra decir que AMLO incumplió dicho acuerdo y como presidente del PRD no hizo nada para fortalecer su vida democrática interna sino para acumular más y más poder.

Lo que vino después en MORENA lo deja a uno casi sin adjetivos, ¿cómo calificar a un partido familiar que le rinde culto a una sola persona y finca su propaganda en un símbolo que alude a un mito religioso patriarcal que además hace referencia al color de piel y al nacionalismo? ¿Grotesco, abusivo, desleal, descarado, Orwelliano? Cualquiera de ellos, o todos juntos tal vez corresponderían. Pero en ningún caso incumbirían adjetivos tales como: democrático, liberal o ciudadano.

¿Tiempos de Bartlett son tiempos mejores?

Es sintomático que tras las transiciones democráticas surjan y/o se evidencien problemas que los antiguos beneficiarios de los regímenes totalitarios aprovechen para cargar contra la democracia y allegarse de popularidad.  Hoy aquí, muchos seguidores, entre ellos muchos jóvenes, aplauden y festejan al proyecto de AMLO, lleno de obscuros personajes beneficiarios del antiguo régimen. Con las proporciones guardadas, la foto de  Bartlett exultante en un estadio en el cierre de campaña, me remite a la  estampa de jóvenes haitianos aclamando a los sátrapas ton ton macoutes ignorando sus atrocidades.  

AMLO engaña con la añoranza de un pasado que nunca existió, y utiliza a la democracia como hombre de paja a la que achaca los males y las carencias, de los cuales él y, sólo él, sería la solución. A base de confundir, estigmatizar, dogmatizar y banalizar está a punto de llegar al poder. 

¿Requiem por la democracia? 

A pocas horas de la elección, y aun siendo ateo, aguardo por un milagro democrático que haga que la votación no favorezca la vuelta del ogro filantrópico. En todo caso, de suceder, no será momento de conceder la derrota definitiva, ni de preparar las exequias para nuestra vida democrática. También hemos de reconocer que en estos tiempos contamos con más herramientas para resistir al poder y somos una sociedad civil más preparada para no ceder las victorias de las libertades ganadas. No todo estará perdido, no será tarea sencilla, pero: no pasarán. 



1 comentario:

Unknown dijo...

Tu ensayo me parece excelente. Tristemente, profético.
Pero acaba con lo que siempre he sostenido: la certeza de que no todo está perdido. Mientras existan mentes críticas y cuerpos activos, el proceso social hacia un mejor país, sigue en marcha.
¡No pasarán!