Y es que nuestros intelectuales liberales, como lo han reconocido, quedaron huérfanos de Paz. Y los doctrinarios de la revolución son huérfanos de Marx.
En ambos casos tienen a esos grandes pensadores como su yo idealizado; nutren sus identidades y sentido de pertenencia a sus grupos, sobre la mitología que ronda a esas figuras totémicas.
Lo que más vale en todos los tiempos de los grandes pensadores, es precisamente su pensamiento; el culto a su personalidad desvanece la fuerza de sus preceptos.
No se tiene que ser un erudito para usufructar el legado de Paz. La pasión por la crítica y los argumentos, la libertad y la verdad. Están al alcance de todas la intelectualidades dispuestas a afrontar las consecuencias. Sus propias consecuencias.
El caso de los huérfanos de Marx es más triste, es su figura porque no encuentran ninguna otra que los aglutine. Es más, dificilmente alguno de ellos se llamaría marxista a sí mismo. Lo que sí dicen es que no son de derecha. Vaya cosa. Sólo pueden definirse en sus negaciones, pues no tienen argumentos para sus afirmaciones. Su figura intelectual internacional más próxima (en más de un sentido) es García Márquez, un gran creador, pero no un gran pensador. Confunden realismo mágico con la realidad. Sus deseos con la verdad, a la que adjetivan como: "relativa".
Tanto unos como otro son rehénes del miedo a la impopularidad, del aislamiento, del vilipendio.
Prefieren ser queridos, venerados, respetados, premiados, aceptados, festejados, atacados por el otro bando. Que a confrontarse con la verdad y sus inconvenientes.
El trabajo intelectual es de zánganos, o más precisamente parásitos- porque los zánganos tengo entendido hacen la labor de fecundar a la reina- cuando se le ejerce a lo Dorian Grey: sin consecuencias y con afanes de socializar.
El ejercicio intelectual comprometido es volcánico, doloroso y solitario. Trascendente cuando menos para quien lo realiza.
Cito a Karl Marx:
"No es nuestro cometido elaborar un plan válido para todas la épocas que se sucederán; en consecuencia, aumenta nuestra obligación para con el presente: urge que hagamos una crítica despiadada de todo lo que existe, despiadada en el sentido de que nuestra crítica no ha de temer ni sus propios resultados ni el en conflicto con los poderes estatuidos."
GGF

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