sábado, 15 de octubre de 2022

Ventajas acumulativas, privilegios, capital social. Ambientes suficientemente buenos.

 

A veces los conceptos nos sirven para comprender mejor las cosas, y en otras ocasiones para parcializarlas desatendiendo su complejidad. En el peor de los casos terminan siendo como marcas distintivas de pertenencia o de filiación de algún bando.

Cuando uno se adentra al concepto de capital social, desde la sociología, nos encontramos con que el gremio le da un estamento de validez dependiendo de quien lo haya dicho o definido. Cuando se utiliza el término se le da mayor peso al autor del que proviene, que al sentido mismo que pudiera tener de manera contextual y analítica. Se le termina utilizando más que para entender, para tener mayor autoridad porque tiene fundamento en algún santón teórico. Termina siendo más importante citar correctamente, que desarrollar una reflexión o pensamiento. Y como suele suceder en Latinoamérica, sólo puede ser válido aquello que proviene de un generador de conocimiento extranjero que, de un profesor local, ya no digamos de algún alumno.  

Como un observador ajeno a la academia de la sociología, y con una perspectiva psicológica, se puede notar que lo que se tiene de facto como capital social es equivalente a lo que en la posmodernidad se le identifica como privilegios. Desafortunadamente, esos términos son los más aplicados y no terminan de decirnos nada, o más bien sirven para corroborar sesgos, limitar las discusiones y atontar la reflexión pública.

En un extremo, el significado del capital social termina justificando aproximaciones economicistas que justifican políticas de supuesto desarrollo. Y del lado contrario se le tiene como una resignificación interesada de distintos factores sociales como componentes de un mercado. Siendo entonces que el término ya no es útil para atender un fenómeno. Sino un concepto de batalla entre ideologías. En la que cada parte es libre de caracterizarlo a conveniencia. Terminando en disertaciones banales, sin sentido y carentes de valor. Con sentencias válidas para uno y otro público.

Y no se adelanta más, cuando de cara a colegas académicos, se le ha tratado de sistematizar agregando o distinguiendo componentes como la solidaridad existente en cierto grupo y la confianza exigible dentro del mismo, así como la posibilidad de sancionar a quienes incumplan los códigos. Y de ahí los autores le dan mayor o menor peso a cada cosa, aderezándolo con algo o haciendo subcategorías, ahondando en dimensiones, claves conceptuales y demás características que terminan sobrecargando el concepto para finalmente inutilizarlo.

En todos los casos, en algún punto se reconoce como parte del capital social, algún grado de confianza para interrelacionarse y las oportunidades derivadas de la pertenencia a cierto grupo social. Pero suele insistirse en la implicación de compartir normas y valores como una condición indispensable para que pueda haber capital social en cierta comunidad.

El problema en todas las posturas es que en situaciones reales pueden desbaratarse y entonces el concepto queda arrinconado a los cubículos académicos o a oficinas de organismos trasnacionales. La maldita realidad que no se ajusta. Tanto es así que, de ser un concepto de moda, el término entre la gente común no se reconoce, y ha ido perdiendo su estelaridad en los discursos sobre políticas públicas.

Lo que sí ha prevalecido en el discurso público, y con un énfasis evidentemente negativo es el término de “privilegios”. Que, de hecho, parece ser una reacción al desarrollismo intervencionista que se cobijó bajo el manto del distintivo de capital social. Que deformó en fórmulas de incluir en la economía a “la base de la pirámide” como solución a la desigualdad. Planteando algunas soluciones híbridas de triple o cuádruple hélice (donde intervienen distintos actores: academia, gobiernos, empresas, sociedad civil). Que, en cierto momento pudieron generar soluciones innovadoras al atravesar distintos campos. Pero que terminaron, casi en su totalidad capturadas por actores económicos y por grupos políticos.

A finales del siglo pasado, hubo una irrupción de emprendedores sociales, que iban más allá de los límites tradicionales, que además vieron potenciados sus alcances por los avances tecnológicos accesibles a los individuos en general, como nunca antes.

Dichos emprendedores sociales, se distinguieron por enfocarse en materializar beneficios sociales y acceso a derechos, echando mano de todos los recursos a su alcance, sin reparar en barreras ideológicas.

La respuesta a ello fue una inclusión forzada (valga el término) al estatus quo. Se les creó una categoría y se le exigió ser autosostenible y generar sus propios recursos, ligando el valor de su trabajo a la capacidad de generar riqueza económica. Y se les conminó a ceñirse a reglas de los grandes corporativos para acceder a fondos y a vínculos que les pudieran favorecer para sus actividades.

También se les han tratado de imponer parámetros y una jerga propia del ámbito empresarial, tales como: stakeholders, indicadores de impacto, retorno de inversión, etc.

Yendo más allá de lo sucedido con los emprendedores sociales. Podemos observar que, junto con otros preceptos, el capital social, pasó a formar parte de una corriente política de pensamiento neoclásico que fueron identificados como parte de un sistema de creencias impuesto a países menos desarrollados, en favor de Estados más fuertes y multinacionales poderosas.

Y así como tiende a rechazarse la idea de desarrollo del siglo pasado, también existe una formación reactiva ante las representaciones de aquella ideología.

 Y aunque no se le menciona en la conversación publica actual, si está en boga su definición en negativo: el privilegio.

La reacción de desconocimiento y negación de cualquier bondad derivados de la sociedad inmediata que nos antecedió no es una consideración intelectual, ni parte de reflexiones profundas. Su cimiento es emocional y se inserta en un fenómeno social de adolescencia prolongada (iniciada el siglo pasado con el desvanecimiento de roles sociales y el crecimiento de las ciudades) que, como propio de la adolescencia privilegia la búsqueda de identidad, la resolución de la sexualidad y la aceptación grupal.

Así entonces, existe un rechazo a lo heredado y sus representaciones, sin concesión alguna para reconocer los avances en expectativas de vida, avances tecnológicos, disminución de la pobreza extrema, ensanchamiento de libertades e igualdades y acceso al conocimiento.  Así como a la libertad individual para expresarse creativamente.

 Y en tratándose de una aproximación no reflexiva, sino mayormente visceral, los matices propios de un análisis profundo   se suprimen para acabar en dicotomías bueno, malo. Motivados por incentivos propios de la necesidad de afiliación.

Luego entonces, cualquier aparente avance social derivado de lo previo es desvalorizado porque proviene de arreglos siniestros: colonización, racismo, opresión, sexismo, patriarcado, etc. Pues no se le pueden reconocer bondades a la maldad. Y como en los procesos históricos, como en el caso de los individuos no existen productos puros, pues las manchas vuelven maldito todo, y el no aceptarlo así, es estarse pasando del lado de los opresores y ser perpetuador de una injusticia. Ser un normalizador que “romantiza” la opresión. O incapaz darse cuenta a falta de “deconstrucción”.

Así pues, el capital social es un concepto fantasma, que se conjura rezando el término privilegio.  Porque es parte de una política y de una historia con un legado desigual, pero que implica en algún grado solidaridad, confianza progreso humano real. Que no puede ser reconocido porque amenaza lo que lo que da cohesión a la identidad. En su superficialidad, es inaceptable simplemente porque sería impopular entre el grupo de pares reconocerlo.

Y así estamos estancados con la noción de privilegio, importado de las universidades norteamericanas, que aludían más en su origen a la incapacidad o dificultad de la población blanca para observar la realidad considerando la perspectiva y las circunstancias de los negros. Lo cual pudo consignarse en políticas públicas equivocadas o francamente racistas, en concepciones basadas en prejuicios en muchos casos denigrantes.

El estacionarnos en conceptos limitados por la carga emocional y la necesidad de validación, como el término privilegio, nos atrapa en estadios previos y nos impide reconocer nuestras capacidades, avances y posibilidades de elaborar un presente y un futuro más justo y digno. Y nos mantiene luchando infructuosamente con símbolos y subcategorías de esos símbolos, manerismos carentes de sustancia, que son debatidos con ferocidad por lo que subyace en ellos. Vg muchas generaciones previas tuvieron sus formas propias de variar el lenguaje para expresarse, pero la intentona puritana de establecer modalidades como las correctas con la amenaza pasivo agresiva de que “se trata sólo de pronombres o agregar una o”, pero si no se utilizan, o se tiene una postura crítica al respecto, se pudiera estar cometiendo un crimen de odio.

Los conceptos pueden, entre otras cosas, servir como contenedores o como puertas de acceso. El termino privilegio, como se viene usando es claramente un contenedor que no permite ir más allá. En cambio, creo que convendría más utilizar la noción de ventaja acumulativa, para describir y comprender de una manera más precisa y empática a aquello que a individuos y a grupos les permite el acceso a una situación de vida más digna. Sin asignar culpa o estigma. Y poder comprender mejor la manera en que esas ventajas acumulativas pudieran socializarse para promover una sociedad más igualitaria. E incluso identificar, en caso posible, la oportunidad de alguna reparación.  

No se trata de usar un eufemismo para barnizar o “romantizar” nada, sino un esfuerzo de comprensión. Que, si se le piensa un poco, nos abre la puerta para analizar ventajas de individuos o grupos, y cómo es que estas se han ido acumulando, ya sea a lo largo de su vida, o de la historia. Poniéndonos en una posición de poder hacer algo al respecto en términos de gobernanza y de políticas públicas o de tomar acciones en nuestro entorno más cercano. E incluso en el ámbito personal.

Como se repite mucho en el discurso militante actual, hay cosas que no podemos/debemos cargar a los individuos, dado que existen sistemas que los trascienden y de las cuales no pudieran tener control. Y pues sería muy el caso cuando le asignamos culpas a un sujeto por sus ancestros de hace siglos, por no mencionar la culpa de tener determinado color de piel. La intelectualización que justifica la discriminación por motivos de raza, género, origen social o nacionalidad, cualesquiera que estas sean, es un subterfugio para darse licencia de agredir sin someterse a las consecuencias ni asumir lo que se está haciendo.

Un análisis, para serlo, debe ser contextual e implica un esfuerzo de dudar de nuestras propias  afirmaciones, identificar de donde provienen y contraponerlas con la realidad, más allá de aquello que nos identifica o nos da la idea de pertenecer.






sábado, 30 de junio de 2018

ELUCUBRACIONES ANTES DE LA ELECCIÓN



Confundir, estigmatizar, dogmatizar, banalizar. Son los mecanismos preferidos por los demagogos de todos los signos, y de todos los tiempos, para manipular la percepción de la realidad de acuerdo con su conveniencia. La premisa de la sabiduría de las mayorías o la infalibilidad del “pueblo” son sofismas engañabobos argüidos y recicladas a su vez por bobos egomaniacos y sociópatas.
La adhesión acrítica a grupos, personajes o ideas es la muleta habitual de las víctimas propiciatorias de sus propias desgracias, causadas por abusadores creados a la medida de sus infortunios. Se requiere un esfuerzo de honestidad y valor para comprender y aceptar la realidad con todo y sus matices. Hagámoslo.

Es común que las mayorías se equivoquen, y que las minorías, incluso las de uno, sean las que tengan la razón. Los consensos mayoritarios deben respetarse, pero no deben ser causa de supresión o estigmatización de los disidentes.

Paz sostenía que un mejor futuro para México pasaba por la necesidad de democratizar el país. Él sigue aun siendo vilipendiado por muchos de nuestros ocurrentes intelectuales y deshonrado por sus herederos liberales perdidos en las mieles y en las hieles de la posmodernidad. En un momento su efigie fue quemada junto al Ángel de la Independencia. No obstante, Paz tenía razón: la democracia es el camino a nuestra prosperidad.

Infancia es destino, pero relativo. 

Una vez que dejamos de ser menores tenemos la oportunidad de dejar de actuar como tales, pero si continuamos reditando la interpretación del mundo a los ojos fantasiosos de un niño difícilmente pudiéramos actuar consecuentemente como adultos y hacernos cargo de lo que nos corresponde.

La significación de lo mexicano está siempre en construcción, y lo que nos empeñemos como colectividad hoy en día profetizará con precisión nuestro destino. No estamos condenados por nuestra idiosincrasia, de nuestra herencia cultural somos libres para extraer sus fortalezas y desechar de ésta lo perniciosa.

Todo pueblo tiene un pasado remoto y reciente que precondiciona su existencia, pero el desafío de un presente dinámico y novedoso puede ser encarado y resuelto satisfactoriamente a través de la transformación creativa. No estamos obligados a repetir compulsivamente nuestros errores y a pervivir nuestras carencias.

La democracia como la vida misma es imperfecta y frustrante. Y el pensamiento mágico no basta para obtener lo que deseamos o esperamos merecer. Y tampoco debe confundirse con la providencia, la justicia divina o la diosa fortuna, no provee per se bienestar a los individuos o a las naciones. La prosperidad es de las sociedades que la trabajan. No es a golpe de deseos, ocurrencias y aventuras que transformaremos nuestra vida política. No basta el sentirse hartos, el creer que ya es justo, el estar indignados para que las cosas cambien. La democracia real, no la imaginaria, dará sólo los frutos que hayamos sido capaces de cosechar y de sembrar, no dará más, pero no menos. Votar es solo una parte del proceso democrático, pero es uno fundamental, si sembramos eligiendo a un autócrata no esperemos cosechar peras democráticas.  

Cuando invocamos a la democracia lo hacemos generalmente para referirnos a nuestras exigencias. Pero ésta también se compone de obligaciones en las que está en primerísimo orden el respeto por el derecho de terceros y sus libertades. No hay planteamiento democrático que se desentienda de los derechos ajenos.

Reclamar lo que la democracia “no nos ha traído” y enojarnos con ella es la mimesis del niño que se enoja con Santa Claus. Y probablemente el niño pudiera ser más consecuente porque tal vez asentaba su fe en como se comportó en el año y no sólo por la esperanza que tenía en que le trajeran el regalo. Santa Claus son los papás, la democracia somos nosotros, no nos traerá nada por sí misma.

De la democracia sin adjetivos a la democracia sin demócratas. 

Se puede y se debe ser muy críticos con las administraciones de Vicente Fox, Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, lo que no se debe es confundirlos a ellos y a los errores que les correspondan, con la democracia misma. Por supuesto, para consolidar una democracia incipiente hay actores con más peso para hacer que esta se consolide (como los presidentes mencionados), y no debe pasar inadvertido que muchos de estos medraron de vapulearla o de extraer una renta mal habida a costa de la misma. Y entre ellos están los que despotrican o desprecian a la democracia y su significado. Cuando algún comentócrata equipara las últimas 3 administraciones de gobierno con la democracia, está siendo entre tonto, deshonesto, y abusivo con su audiencia.

Octavio Paz señalaba: “(a la) democracia en México(…) se le reduce a una serie de ideas y conceptos. No la democracia es también práctica. A su vez, las prácticas sociales, al arraigarse se convierten en hábitos y costumbres, en maneras de ser. Para que la democracia funcione realmente debe haber sido previamente asimilada e incorporada a nuestro ser más íntimo. La democracia debe transformarse en una vivencia. Esto es lo que, todavía, no sucede en México.” Y en 2018 sigue sin suceder.

La democracia no es “un privilegio de clase”, al contrario, es la que hace posible que esos privilegios de clase puedan ser retados. El noeoliberalismo no es la democracia. Aún habiendo casos en que regímenes totalitarios puedan conseguir logros económicos o incluso de ciertos benefactores sociales carecerán de lo fundamental: la valoración de la vida de las personas como algo supremo, así como su libertad. Cuando un gobierno en democracia falla a esto, es con relación a estos valores que se puede reclamar a quien detente el poder. Cuando no hay democracia, esos valores no importan, no valen, solo el poder mismo y sus propósitos impuestos como una especie de verdad.

Ante el probable advenimiento de una autocracia. En nuestra  clase intelectual hay quienes juegan con ligereza con la posibilidad de "ensayar algo distinto" a una democracia que no es más que unas ruinas a las que nos aferramos, otros, en vez de ejercer la crítica,  se ocupan en  bordar ya  con sus loas el vestido  del nuevo emperador: "el político más raro y más talentoso que ha conocido México en muchas décadas" "espléndido dirigente social". Algunas de sus alabanzas parecen propias de trances eróticos de alguna novela  de Irving Wallace:  " un liderazgo radicalmente distinto, al mismo tiempo indómito, profundo y desbocado".

Los que se han reconocido siempre como liberales no han atinado a hacer una defensa  pertinente ya sea para evitar ser vilipendiados, por un calculo por preservar sus intereses o privilegios  y/o por el temor de las probables represalias de lo que podría estar por venir. 

Ante los embates actuales, no hay un solo intelectual mexicano con los arrestos y el talento necesarios  que haya salido en defensa cabal de nuestra democracia. Como hace aproximadamente 30 años ha tenido que ser el mismo extranjero el que ha puesto los puntos sobre la ies  sobre nuestro acontecer político nacional: Vargas Llosa. Aquel mismo que precisó en aquel entonces lo que éramos: una dictadura perfecta. Ahora nos pide defender nuestra democracia imperfecta y nos previene de suicidarnos en las urnas. Nuestra democracia carece de intelectuales demócratas.

AMLO vs la democracia.    

La fundación del México independiente tiene poco más de 200 años (aunque corremos el riesgo de que los nuevos libros de texto digan que fue hace 10mil), para mayor precisión: tenemos en sí 208 años de ser México en sí, y apenas 18 de ser una democracia. Y para que ésta fuera posible nuestros ancestros empeñaron la vida y a otros se las quitaron. No debemos de olvidarlo.

En el 2000, tras 70 años logramos una transición pacífica, una hazaña ciudadana en la cual no hemos sabido reparar lo suficiente, en ese momento hubo actores políticos que entendieron el momento e hicieron lo propio, sin embargo, la disposición y la participación ciudadana hizo posible esa primera transmisión de poder de un grupo a otro sin haberse tenido que desatar una guerra civil. Literalmente millones de mexicanos se encargaron de la operación de las casillas, de cuidar y de contar votos; sólo eso lo hizo posible. De entonces a la fecha, es esa participación es la que mantiene viva nuestra democracia, aunque también desde de entonces  no ha dejado de sufrir embates de la clase política, de entre ella de AMLO destacadamente.   

La gesta de AMLO tiene que ver con devaluar la afirmación de la sociedad civil mexicana como democrática. Su figura no destaca en la creación de un instituto autónomo para sancionar las elecciones, al contrario, casi desde que éste se constituyó no ha dejado de arremeter contra el mismo. 

Su comportamiento en 2006 paradigmático, acusó de todo al IFE, reclamó un recuento que no estaba facultado en ley que hubiera trastocado todo el proceso, desconoció el resultado y posteriormente logró que se descabezara al instituto. Entre lo cual vale recordar su acusación pública sin fundamento a un ciudadano funcionario de casilla. Luego hizo todo cuanto le fue posible para devaluar la investidura presidencial. Estigmatizó a al proceso como ilegítimo.

La democracia no es culpable de la violencia y la inseguridad, y las tales no crecieron espontáneamente en el sexenio de Calderón. Se gestaron en la paz narca de la dictadura perfecta y nos explotaron en la cara en gran medida por el recambio de poderes locales que trastocaron los arreglos mafiosos. Lo cual se conjuntó con otros factores que serían motivo de un análisis particular distinto al presente. A Calderón se le acusó de “genocida” y se atribuyeron las muertes a su sexenio a él y a la culpa de la democracia. 

Los pasos de López

Cuando AMLO se queja de “guerra sucia” al ser atacado en campaña lo que hace es una falsificación histórica. La guerra sucia en México ocurrió entre los sesentas y ochentas e implicó muertes y desapariciones. A él todavía le tocó vivir esa parte de esa época cuando perteneció al PRI. Cuando el partidazo además de controlar a toda la prensa encarcelaba disidentes y se robaba una elección sí y otra también. Él nunca se inconformó por ello ni se solidarizó con aquellos que entonces luchaban por la democratización y el ensanchamiento de libertades en el país.

Entre otros tantos atropellos, en el “fraude patriótico” del 86 (operado por Bartlett) no dijo nada. Así como tampoco lo hizo en el fraude de 1988 (también operado por Bartlett) contra Cuauhtémoc Cárdenas y  Clouthier; consumado el mismo, no fue a la plancha del Zócalo ni mucho menos, tampoco alzó la voz, en vez de eso, utilizó los   meses posteriores al fraude para  gestionar el dedazo que lo designara como candidato por del PRI de Salinas para la gubernatura de Tabasco, mas no se la concedieron,  fue entonces que lo invitaron al FDN para ser candidato, y tras una declinación de su parte en una primera instancia, terminó por aceptar la nominación, que le fue otorgada por Cuauhtémoc Cárdenas dentro de la tradición priista continuada en el PRD, es decir: por dedazo.  

Tras perder la gubernatura contra Madrazo, con probable fraude, entonces sí, AMLO reclamó por primera vez un resultado electoral y comenzó su pantomima como demócrata, terminando  el conflicto pactando con Camacho. Lo que prosiguió en su carrera muestra al personaje de cuerpo entero: las elecciones internas por la presidencia del PRD. En aquellas tenía todas las posibilidades de ganar, AMLO era muy popular entre las bases y de haber habido elecciones limpias, lo más seguro es que le hubieran favorecido por amplio margen, no obstante, en complicidad con Cuauhtémoc Cárdenas, prefirió hacerle fraude nada menos que al mismísimo Heberto Castillo, que explicaba aquello no como una treta, por demás innecesaria, para ganarle, sino como una manifestación del afán patrimonialista, “ el vicio del protagonismo, del caudillismo,  de quienes quieren dejar bien sentado que son los dueños únicos e indiscutibles de la parcela.”

Cándidamente, Heberto Castillo estuvo abierto a limpiar el proceso, no obstante, de saber que no implicaría que pudiera ganar, su anhelo era democratizar al partido, proponía una revisión para anular votos obtenidos de forma antidemocrática y una revisión del padrón. Llegó para ello a un acuerdo con AMLO, la intención de Heberto era que el PRD pudiera encontrar así el “camino de la democracia y de la vinculación real con la sociedad, con los ciudadanos, para que éstos se afilien libremente, sin manipulaciones ni imposiciones”. Sobra decir que AMLO incumplió dicho acuerdo y como presidente del PRD no hizo nada para fortalecer su vida democrática interna sino para acumular más y más poder.

Lo que vino después en MORENA lo deja a uno casi sin adjetivos, ¿cómo calificar a un partido familiar que le rinde culto a una sola persona y finca su propaganda en un símbolo que alude a un mito religioso patriarcal que además hace referencia al color de piel y al nacionalismo? ¿Grotesco, abusivo, desleal, descarado, Orwelliano? Cualquiera de ellos, o todos juntos tal vez corresponderían. Pero en ningún caso incumbirían adjetivos tales como: democrático, liberal o ciudadano.

¿Tiempos de Bartlett son tiempos mejores?

Es sintomático que tras las transiciones democráticas surjan y/o se evidencien problemas que los antiguos beneficiarios de los regímenes totalitarios aprovechen para cargar contra la democracia y allegarse de popularidad.  Hoy aquí, muchos seguidores, entre ellos muchos jóvenes, aplauden y festejan al proyecto de AMLO, lleno de obscuros personajes beneficiarios del antiguo régimen. Con las proporciones guardadas, la foto de  Bartlett exultante en un estadio en el cierre de campaña, me remite a la  estampa de jóvenes haitianos aclamando a los sátrapas ton ton macoutes ignorando sus atrocidades.  

AMLO engaña con la añoranza de un pasado que nunca existió, y utiliza a la democracia como hombre de paja a la que achaca los males y las carencias, de los cuales él y, sólo él, sería la solución. A base de confundir, estigmatizar, dogmatizar y banalizar está a punto de llegar al poder. 

¿Requiem por la democracia? 

A pocas horas de la elección, y aun siendo ateo, aguardo por un milagro democrático que haga que la votación no favorezca la vuelta del ogro filantrópico. En todo caso, de suceder, no será momento de conceder la derrota definitiva, ni de preparar las exequias para nuestra vida democrática. También hemos de reconocer que en estos tiempos contamos con más herramientas para resistir al poder y somos una sociedad civil más preparada para no ceder las victorias de las libertades ganadas. No todo estará perdido, no será tarea sencilla, pero: no pasarán. 



martes, 22 de abril de 2008

Los intectuales en nuestro país

Vargas Llosa ha dicho una verdad lapidaria: México tiene grandes creadores, pero no tiene (le hacen falta) grandes pensadores.

Y es que nuestros intelectuales liberales, como lo han reconocido, quedaron huérfanos de Paz. Y los doctrinarios de la revolución son huérfanos de Marx.

En ambos casos tienen a esos grandes pensadores como su yo idealizado; nutren sus identidades y sentido de pertenencia a sus grupos, sobre la mitología que ronda a esas figuras totémicas.

Lo que más vale en todos los tiempos de los grandes pensadores, es precisamente su pensamiento; el culto a su personalidad desvanece la fuerza de sus preceptos.

No se tiene que ser un erudito para usufructar el legado de Paz. La pasión por la crítica y los argumentos, la libertad y la verdad. Están al alcance de todas la intelectualidades dispuestas a afrontar las consecuencias. Sus propias consecuencias.

El caso de los huérfanos de Marx es más triste, es su figura porque no encuentran ninguna otra que los aglutine. Es más, dificilmente alguno de ellos se llamaría marxista a sí mismo. Lo que sí dicen es que no son de derecha. Vaya cosa. Sólo pueden definirse en sus negaciones, pues no tienen argumentos para sus afirmaciones. Su figura intelectual internacional más próxima (en más de un sentido) es García Márquez, un gran creador, pero no un gran pensador. Confunden realismo mágico con la realidad. Sus deseos con la verdad, a la que adjetivan como: "relativa".

Tanto unos como otro son rehénes del miedo a la impopularidad, del aislamiento, del vilipendio.
Prefieren ser queridos, venerados, respetados, premiados, aceptados, festejados, atacados por el otro bando. Que a confrontarse con la verdad y sus inconvenientes.

El trabajo intelectual es de zánganos, o más precisamente parásitos- porque los zánganos tengo entendido hacen la labor de fecundar a la reina- cuando se le ejerce a lo Dorian Grey: sin consecuencias y con afanes de socializar.

El ejercicio intelectual comprometido es volcánico, doloroso y solitario. Trascendente cuando menos para quien lo realiza.


Cito a Karl Marx:
"No es nuestro cometido elaborar un plan válido para todas la épocas que se sucederán; en consecuencia, aumenta nuestra obligación para con el presente: urge que hagamos una crítica despiadada de todo lo que existe, despiadada en el sentido de que nuestra crítica no ha de temer ni sus propios resultados ni el en conflicto con los poderes estatuidos."
GGF